EL LENGUAJE DE LOS POLÍTICOS EN CAMPAÑA ELECTORAL
El próximo día 22 de febrero, empezará una nueva quincena de propaganda electoral. Una vez más, los políticos intentarán por todos los medios de persuasión posibles, exponer sus respectivos programas electorales. Como no puede ser de otro modo, todos dispersarán a los cuatro vientos que su programa es el mejor. Es del todo lícito proceder de este modo. El que ya no se podría considerar tan lícito, es que en sus discursos electoralistas, de cada cuatro palabras que digan una sea un insulto a cualquiera del cabeza de lista de los demás partidos políticos que se presentan en campaña. Cada líder de partido -que es quien normalmente capitanea los actos de propaganda electoral-, se debería limitar única y exclusivamente a exponer su programa, y a no insultar o sacar los trapos sucios del adversario político.
¿No se puede hacer un acto electoral sin insultar a nadie? ¿No se puede llevar a buen término un debate televisivo o radiofónico sin que haya un intercambio de insultos y malas maneras? ¿Los políticos no se han parado nunca a pensar en la mala imagen que dan, cuando entre ellos hay un nefasto cruce de insultos y descalificaciones? ¿Dónde han quedado las normas básicas de educación, buenas costumbres y buenas maneras? ¿Alguien se acuerda de los enfáticos y brillantes discursos que se habían escuchado en los Parlamentos de Catalunya, Euskal Herria, Galicia y España antes de la incivil guerra del 1936? Allá se decían verdades como puños; todo el mundo se metía con todo el mundo; se las decían de mil y un colores y con tonos de diferentes intensidades, pero nunca se llegaba al insulto. Era todo más sutil. Se decían grandes cosas pero con mucha diplomacia, con gracia, con elegancia, con buen humor y casi nunca nadie se sentía ofendido; incordiado sí, lógico, ¡pero ofendido nunca!
Se debería volver a abrir el manual de la buena educación, las buenas costumbres y las buenas maneras.
Por las aulas de las escuelas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, corría un sencillo y nada pretencioso librito que llevaba por título «Libro de Urbanidad», que debería ser reeditado con todas las lenguas que se hablan en el Reino de España, y de obligada lectura para todo el mundo. Porque no son solamente los políticos quienes deberían aprendérselo de memoria: el resto de ciudadanos también nos convendría estudiarlo. Hace tiempo que se han perdido las formas, las buenas costumbres y la buena educación. Y si en las escuelas no se enseña esta asignatura, y los políticos no dan buen ejemplo, la sociedad será cada día más mal educada y más bestia.
2 comentarios
Gustau Presseguer i Oliva -
Si és així; caram quin honor!
Josep -
On vols que signi per a donar-hi recolzament...!!!!